"La vocación y su seguimiento, tras el sufrimiento, hasta llegar a la Santidad"
Seminarista Yedris de Jésus Calero García
Todo joven desde que nace trae consigo una vocación, la cual irá descubriendo a la medida que valla creciendo, tanto corporalmente como espiritualmente; en ese descubrir debe tener presente que: “la vocación de la mano de Jesús se convierte en una aventura, la cual podemos aceptar o rehúsar – Les hablaré de mi vocación al sacerdocio ministerial.
Cuando un muchacho siente la inquietud vocacional hacia el sacerdocio, se acerca a un sacerdote, el cual, luego de un proceso de discernimiento, le lleva al seminario donde un grupo de formadores le ayudarán a descubrir si realmente esa es su verdadera vocación. En su mente tiene ese pensamiento de llegar a ser un “buen y santo sacerdote”; pero a la medida que pasan los años, ocurre lo mismo que pasa con los esposos: primero la “luna de miel” y luego, la entrada a la purificación en vista a la santidad, donde las cosas ya no son tan bellas como se pensaba.
Lo mismo ocurrió conmigo; al ingresar al seminario, en el año 2005, llevaba una gran ilusión de la que pensaba que nunca iba a dudar – ¡ser sacerdote! – pero como en la vida no todo es color de rosa, comencé a atravesar un desierto cuando se tomé conciencia de las renuncias que enfrentaría, las cuales las exigía el camino que había escogido.
En un momento, todo me parecía absurdo no le encontraba sentido; me fijaba en el vivir de mis hermanos y no en lo que Jesús quería de mí. Comencé a experimentar una soledad que jamás había experimentado, pues no estaba acostumbrado a estar fuera de mi casa por mucho tiempo, mucho menos con la vida de comunidad en internado. Entonces, buscaba amigos para ver si lograba llenar el vacío que había en mí; pero entre tantos compañeros se me hacía difícil. En esta situación, desorientado y desanimado, recurrí a un sacerdote para decirle que “no existían los amigos”, a lo cual él respondió:

“Hijo, tener un amigo es un tesoro difícil de descubrir; pero ahí está, debes fijarte con cuidado, Dios lo ha puesto ahí para hablarte por medio de él”.
Poco a poco fui comprendiendo que todos los momento difíciles que había pasado y los venideros iban a servirme para que me acercara más a ese Dios del cual un día había escuchado el llamado, y del cual depende por entero mi vocación; Él la ha sembrado en mi corazón, Él quiere que yo sea su instrumento y contribuya con la misión de propagar su Reino en la tierra.
Al concluir los tres años de estudios filosóficos me consagré a la santísima Virgen María, la cual acogí como mi consejera, madre y protectora en el caminar vocacional y para un futuro ministerio sacerdotal. Con el pasar del tiempo, gracias a los acontecimientos que había vivido, buenos y malos, y a una especial cercanía con Jesús logré una “amistad” con Dios; siempre procuro un encuentro constante con Él, aunque, para ser sincero, a veces cuesta mucho trabajo, pero estoy consciente que “las cosas buenas siempre cuestan”.
Actualmente estoy a punto de finalizar el segundo año de estudios teológicos, y esta tarde seré admitido como “Candidato a las Órdenes Sagradas”; luego de cinco años de formación vivo este momento especial de ser reconocido oficialmente por la Santa Madre Iglesia como seminarista de la Arquidiócesis de Managua. Esto es, para mí, motivo de mucha alegría; experimento un gozo y un asombro del cual no puedo salir, con decir, que hasta he olvidado todo lo que me ha dolido los momento duros y de pruebas que he pasado a lo largo de estos años; es algo grandioso, pues, aquel sueño, aquella ilusión con la que un día ingresé al seminario esta cada vez más cerca de ser una realidad. Siento que ese anhelo de ser un sacerdote de Cristo retoma mayor fuerza, aún más que cuando comencé el seminario.
Siempre le pido al Señor que me conceda la gracia, si es su voluntad, de llegar a ser un gran sacerdote, que trabaje incansablemente para el bien de su pueblo. Mi alegría es tan grande que me impulsa a compartirla con otros, en un momento que marca de manera especial mi vida vocacional. Así, invito a todo aquellos jóvenes que han sentido alguna vez el “llamado” de Jesucristo a que no tengan miedo a decir “SI”; Dios nunca nos deja solos, siempre contamos en Él y no nos va a pedir algo que el no nos haya dado con anterioridad. Dios mismo se encargará de darnos los medios necesarios para llevar a cabo la misión que nos encomiende; a Él todo el honor y la gloria.
El autor es seminarista de II año de Teología
Originario de la Parroquia Santo Domingo, Las Sierritas
20 de noviembre de 2009 |