"Dios me llama a servirle, tiene para mí una misión que sólo yo puedo realizar, y eso es lo que debo descubrir"
¿ Por qué a mí ?
Al pensar sobre mi historia vocacional, es difícil precisar a ciencia cierta cuando tuve la convicción de que el Señor me estaba llamando a una vocación tan especial como es el sacerdocio ministerial. Sólo sé que en un momento dado sentí, en lo más profundo de mi ser, una inquietud tan fuerte, que me llevó a “dejarlo todo” - más tarde explicaré porque lo escribo entre comillas - e iniciar mi formación en el seminario. No fue una decisión sencilla, fue algo que me llevó, podría decir, unos cuantos años, traté de escaparme por todos los medios, pero a dónde iba allí el Señor estaba siempre “llamándome”. Entonces comprendí que "ante la fuerza desgarradora de un Dios que llama", no hay mucho que hacer sino responder, y opté por decirle que sí. Por eso suelo identificarme mucho con el Salmo 139:
“Tú me sondeas, Señor, y me conoces;
Sabes si me siento y me levanto,
Mi pensamiento percibes desde lejos…
Aún no llega la palabra a mi lengua,
Y Tú, la conoces por entero…
¿A dónde huiré de tu presencia?
Si subo hasta el cielo, allí estás Tú,
Si me acuesto en el abismo, allí estás…
Si me instalo en los confines del mar,
También allí tu mano me conduce…”
Ahora bien, sé que el Señor me ha llamado, ¿por qué?, pues releyendo mi historia he podido ver las manifestaciones de Dios en ella, que me confirman el llamado, pero como dijera San Josemaría Escrivá: “Sé que Dios me llama, pero no sé a qué”. Cuando leí esta frase me gustó mucho y me sentí identificado con ella, pues siento y creo firmemente que Dios me ha llamado, estoy en este proceso de formación y discernimiento para saber a qué específicamente, pues no se trata sólo de “ser sacerdote”, en primer lugar Dios me llama a servirle, tiene para mí una misión que sólo yo puedo realizar, y eso es lo que debo descubrir. Mientras tanto, trato de escucharle, de seguir las inspiraciones del Espíritu, de ser dócil y de seguirle, como las ovejas siguen al pastor y, ser obediente, cosa que a veces resulta difícil, pues creo que a nadie le gusta que otro le “mande”, pero desde la óptica evangélica, se trata de ser humilde y aceptar la voluntad de Dios con esperanza y confianza en Él.
¿Por qué a mí? Durante varios años, esta pregunta daba vueltas en mi cabeza y me llenaba de muchos temores, que por un tiempo me mantuvieron anquilosado. Cada vez que en mi interior sentía el “llamado” del Señor, un miedo muy grande invadía mi ser y me hacía huir, me refugiaba en el trabajo, estudios, amigos, en fin, en la vida que yo mismo iba construyendo. Lógicamente, tenía mi vida planificada, Dios no podía haberme permitido obtener tantos éxitos académicos y profesionales para luego llamarme a su servicio “¡No!” – Me decía insistentemente a mí mismo – “no puede ser olvídate de esas locas ideas y vive tu vida”. Pobre iluso, que luchaba contra mi propia felicidad. Y es que como dice San Agustín: “venimos de Dios y nuestra alma no estará tranquila hasta que descase en Él”.
Por eso, cuando se presenta la ocasión de dirigir un anuncio vocacional digo que para mí, la vocación es como “firmar una hoja en blanco”, todos sabemos las implicaciones de una acción como esta, pues si hago algo así, podrían escribir cualquier cosa en esa hoja y tendría mi “venia”. Pero, en el caso de la vocación, se trata de firmar la “hoja en blanco” de mi vida y entregarla en las manos de Dios, confiando que Él, que sabe que es lo mejor para mí, pues me creó por amor y por amor me ha llamado. De manera que no hay mayor seguridad que ésta, entregarse libremente y sin reparos en las manos de Dios, y tratar de encontrar su voluntad y, en ella la verdadera felicidad.
Yendo un poco más hacia los orígenes de mi vocación, quiero explicar cómo ha sido esa experiencia de la “hoja en blanco”, en este punto, luego de cinco años de haber iniciado el proceso de discernimiento vocacional, lógicamente el Señor ha escrito algunas líneas, las cuales he tenido que ir interpretando, todavía la mayor parte de la hoja sigue en blanco, no sé qué vendrá, he ahí la importancia de la fe, confío en Dios y le digo: “Para hacer tu voluntad, Señor ”.
En medio del mundo, con sus ruidos y distracciones (fiestas, dinero, viajes, amistades, etc.); la voz del Señor no se puede escuchar con facilidad, pues ha Él lo encontramos en el silencio de nuestro interior y, distraído por las periferias, difícilmente me tomaba el tiempo para buscar en mi interior la voz de Dios; sin embargo, cada vez y cuando Él se hacía escuchar, y me provocaba tal inquietud que no vivía tranquilo, sabía que había algo más.
Por mucho tiempo esperé una señal “celestial”, con la cual Dios me diera la seguridad de su llamada. Pero, lentamente comprendí, que Dios se manifiesta en lo sencillo, fue un duro camino, para llegar a ver que el ardor que sentía en mi pecho y, esa inquietud que por más que intenté no se alejaba de mí, eran signos de la llamada de Dios ¡Si tan sólo aprendiéramos a poner más atención a esas pequeñas cosas en las que el Señor se manifiesta! Cuan distintas serían las cosas. Pero, Dios se vale de todo y aún con mis displicencias supo hacerse escuchar. Entonces, decidí darle una oportunidad al Señor en mi vida, y repentinamente algo fue cambio en mí, el vacío interior que había en mi vida, el Señor lo iba llenando poco a poco.
La celebración Eucarística diaria, la lectura de la Palabra, libros espirituales y el seguimiento vocacional, me ayudaron a mucho a tomar la decisión e ingresar al seminario. Fue difícil, principalmente el hecho de ya no tener más el control de mi vida, la famosa “hoja blanco” una vez más. Me preguntaba ¿cómo Dios podría llamarme a los veintisiete años, y si no sería “locuras” mías? ¿Por qué a mí, que ya tenía una vida prácticamente hecha, con un futuro profesional prometedor? Pero, ¿quién puede conocer a profundidad los designios de Dios?
La verdad es que la vocación, como dijera mi muy querido Juan Pablo II, es un “don y un misterio”. La llamada de Dios es una gracia, es puro don divino, nadie es digno de ella; y a la vez es un misterio, pues nunca podremos comprenderlo por completo, se trata de algo propio del mismo Dios. El Señor conoce lo más íntimo del alma humana, Él ve lo que nuestros ojos no alcanzan a ver. Lo único seguro que tenemos es que Él nos llama por amor.
Uno de los momentos más difíciles que enfrenté, previo al ingreso al seminario, fue cuando tuve que decirle a mi papá sobre mi decisión. Pensé una y otra vez: ¿Qué decirle? ¿Cómo explicarle? Al final, vi que lo mejor era hablarle con el corazón, le agradecí todo lo que había hecho por mí hasta ese momento, y lo mucho que lo quería, pero que ahora había llegado el momento de cambiar el rumbo de mi vida, según Dios me lo estaba haciendo ver, entonces, le conté que acababa de renunciar a mi trabajo y que me iba para el seminario en unas cuantas semanas. Yo sabía lo duro que era para él, y no quería hacerle daño; pues él estaba tan orgulloso de su hijo el “ingeniero” que tenía un buen puesto en la Cancillería, que en varias ocasiones había viajado a diferentes países en misión de trabajo, etc. Sé que en ese momento esto representaba un golpe muy duro para él.
Con el tiempo, he podido ver cómo el Señor ha cambiado el corazón de mi papá, si el día que salí por primera vez para el seminario me dijo: “Ya sabes que conmigo no cuentas para nada que tenga que ver con eso”; hoy cada vez que llego a casa me pregunta cómo van las cosas, si necesito algo, y está al pendiente, ha visitado el seminario varias veces; en fin, una muestra más de que Dios sabe bien lo que va escribir en la “hoja en blanco”, por lo cual no he de preocuparme tanto, sino saber leer con una mirada de fe la historia que Dios ha ido forjando en mí. En cuanto a mi mamá, siempre ha sido un punto de apoyo muy importante para mí, desde un inicio; aunque sé que tampoco fue fácil para ella, pues hubo una mezcla de sentimientos entre alegría y preocupación por la magnitud de la decisión que había tomado.
Estoy feliz con haber decidido ingresar al seminario, ya a un poco más de la mitad del camino, me entrego cada día al Señor y le pidome dé las fuerzas para poder serle fiel y llegar hasta dónde él quiera llevarme.Sé que el hecho de estar acá, no me da la seguridad de que llegaré a ser sacerdote, pero confío en Dios, y espero en Él, que sabe lo que más conviene a cada uno de sus hijos. Cuento con el apoyo de mi familia, lo cual es muy importante; cada vez que llego a casa sentir el cariño y el calor de un abrazo y un beso de mi querida madre, igual que el afecto de mi papá y hermanos, es algo insustituible que me anima a seguir adelante en este camino donde hay rosas, pero que también hay espinas.
¿Por qué quiero ser sacerdote? Para responder a la llamada de Dios, servirle a Él en el anuncio de la Salvación, ayudar a otros a encontrar esa felicidad que yo he podido experimentar sólo en Dios; en definitiva para cumplir su voluntad. Y ¿cuál es su voluntad?, la verdad no lo sé, pero he ahí está la grandeza de la fe y la confianza absoluta en Dios. Hoy me tiene acá, lo que a mí me queda es ser dócil y dejar que su Espíritu vaya moldeando mi ser, de manera que llegue cumplir con su voluntad.
He titulado este escrito “¿Por qué a mí?”, y con esta pregunta comencé la reflexión sobre mi historia personal del Dios que llama y el hombre que responde. Al finalizar, quiero contestarla: “Porque Dios así lo ha querido, sé que hay miles de jóvenes mejores que yo, con enormes cualidades humanas y espirituales; pero Él se ha fijado en mí, como un don de su gratuidad. Por eso, con humildad he aceptado responder a su llamado y seguirle entre tropiezos, esperando siempre en su misericordia. Al inicio también decía que al ingresar al seminario decidí “dejarlo todo” y lo colocaba entre comillas, porque, realmente, no renuncié a nada, solamente decidí devolverle a Dios, todo aquello que Él mismo me había concedido por su inmenso amor.
El autor es seminarista de I año de Teología
Originario de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción, Masaya
10 de diciembre de 2011 |